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Por Rubén Darío González Zapata
Colaborador Oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

Es muy interesante que dentro del grupo de Whatsapp, compuesto por quienes participamos en la publicación del libro Con la mirada en el porvenir – Memorias de C. Bolívar, Ant., haya surgido el interés por abrir el debate en torno a un tema que tanta trascendencia tiene para Colombia: el de la historia de los sucesivos intentos que, una y otra vez, se han llevado a cabo para ponerle fin a un problema tan crítico como es el de la violencia. Y lo digo, porque este es un asunto que nos concierne a todos los colombianos, independientemente de la visión política que tenga cada quien. Al fin y al cabo, todos somos pasajeros de un mismo barco y, por consiguiente, a todos nos interesa llegar bien y de la mejor manera posible, a nuestro puerto de destino.

De entrada y como lo dije ya en un comentario en el grupo, quiero contribuir al debate con esta pregunta: ¿Cuál es la razón por la que Colombia no haya logrado dar con la clave que permita cerrar de manera definitiva el clima de violencia al que hemos estado atados históricamente y poder así dedicar todas las energías a la construcción de una sociedad en paz? Una pregunta que desde hace muchos años me atormenta y que es causa de muchos de mis desvelos. Si bien es cierto que Colombia no es el único país del mundo en el que existen guerras fratricidas, en algunos casos igualmente endémicas, como lo demuestran David Killcullen y Greg Mills en su libro El arte de la guerra y de la paz (con prólogo del ex ministro colombiano Juan Carlos Pinzón), también es cierto que son muchos los países que, pese a haber tenido que atravesar por problemas de convivencia social muchísimo más complejos que los nuestros, han logrado dar ese paso y hoy son naciones que aprendieron a vivir en paz y a manejar constructivamente sus diferencias y desafíos internos. Lo que nos lleva a concluir que un objetivo como este sí es posible. Entonces, ¿por qué Colombia no lo logra?

Desde luego, una pregunta como esta tiene muchas respuestas y todas ellas son seguramente válidas. Yo, por mi parte, propongo esta:

Porque ningún proceso de paz logrará su plena consolidación mientras este no sea concebido dentro de un marco de integralidad, sea el resultado de un propósito nacional y posea una visión de largo plazo.

Como puede observarse, esta respuesta tiene tres elementos y el primero de ellos es el de la integralidad; un concepto que parte de la base de que la violencia no puede ser vista solamente como un fenómeno consistente en la existencia de unos grupos criminales a los que hay que barrer con las armas del Estado, sino como el resultado de una compleja situación de factores estructurales de carácter social, político, económico, geográfico y, hoy más que nunca, globales, que interactúan y que necesariamente tienen que ser tomados en cuenta a la hora de poner en marcha un proceso de paz. En una concepción como esta, el ala militar, si bien es necesaria (de eso no cabe duda), no es tampoco la decisiva dentro de la perspectiva del largo plazo. Es el error que la inmensa mayoría de los sucesivos gobiernos cometen al abordar la solución de la violencia desde una óptica tan estrecha como es la que se basa en preponderancia de la vía militar y del castigo.

¿Y qué significa ser un propósito nacional? Quiere decir que un proyecto de paz tiene que estar diseñado desde la perspectiva de un objetivo nacional y no individual en cabeza del presidente de turno; un objetico en el que deben estar comprometidos todos los estamentos de la Nación (instituciones, partidos, gremios, organizaciones sociales) incluidos -hasta donde sea posible- los hombres y mujeres del país en su condición de ciudadanos y ciudadanas comunes y corrientes. Un compromiso que no significa ausencia de sentido crítico (girarle un cheque en blanco al gobierno), porque actuar con pensamiento independiente es parte fundamental también del compromiso con el proyecto. Significa que el país se compromete de manera efectiva con hacer un esfuerzo colectivo y decisivo para cerrar un capítulo de su historia y empezar a construir una nueva sociedad. Desde luego, lograr un objetivo como este puede parecer (y lo es) una tarea descomunal, pero es que también es descomunal la magnitud del desafío que tenemos ante nosotros. Supone igualmente una capacidad de liderazgo fuera de lo común de parte de los responsables de la dirección del proyecto, pero, sobre todo, de un inmenso sentido de humildad para reconocer que una empresa de esta naturaleza no puede ser abordada como una confrontación en la que los buenos van a neutralizar (o a destripar, en palabras del actual presidente cuando estaba en campaña) a los malos, sino como una oportunidad para dar por terminada una tragedia en la que todos, de una u otra forma, tenemos parte de la responsabilidad.

El tercer elemento de la respuesta es la visión del largo plazo. Este componente se fundamenta en el hecho de que en Colombia no hemos tenido un proyecto de transformación nacional que le dé sentido a un esfuerzo colectivo de construcción dentro de una perspectiva de largo plazo, y cuando digo largo plazo no estoy hablando de dos o tres períodos futuros de gobierno: estoy hablando de las futuras generaciones. Y es que una de nuestras características, de manera especial en los acuerdos de paz, ha sido la falta de continuidad. Un caso bien ilustrativo es -para referirme solamente a este- el Acuerdo de La Habana (2016), el que, pese a las debilidades que pueda tener y que hay que reconocer, sigue siendo una oportunidad del país para continuar dentro del propósito de construir la paz, pese a que ha estado marcado por una oposición que se niega a reconocer su potencial en este sentido. Este mismo acuerdo, por ejemplo, fue relegado a un segundo plano por el señor Duque y de haberlo podido lo habría hecho trizas. El mismo Petro, en una paradoja incomprensible, terminó ninguneándolo para canalizar el esfuerzo del Estado hacia su propia idea de Paz Total, la que, como ya se ha dicho, no tuvo resultado positivo alguno. De esta forma, ni rajó ni prestó el hacha durante sus cuatro años de gobierno. Y para finalizar, el presidente De la Espriella sencillamente le quiere quitar de un tajo toda su legitimidad y validez para, como lo han hecho tantos otros presidentes en el pasado, comenzar de cero su propio experimento, con el que no sabemos a dónde vamos a llegar. Es algo así como la filosofía del absurdo representada por el mito de Sísifo en la mitología griega, pero adaptado a nuestra propia realidad.

Con lo expuesto en esta columna no aspiro a otra cosa que a crear un espacio de análisis en el que cada quien haga su aporte, porque la paz es, como ya lo dije, un asunto que nos concierne a todos, incluidas las futuras generaciones.

Lectura recomendada:

La vieja y endémica violencia: No solo el abuelo está llorando

 

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