Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

El 29 de julio se cumplieron 143 años del nacimiento de Barba Jacob, el poeta de Angostura, el poeta de Latinoamérica. Los padres en Angostura ven a menudo mucha gracia en llamar a su descendencia: Mariano o Mariana; por el padre Marianito Euse, santo popular, canonizado por la gente. Sin embargo, cuando los niños van clareando la adolescencia, brota la «barba», y les empiezan a sonar los cantos del poeta… «Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos… —¡Niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!— que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, ¡y hasta las propias penas! nos hacen sonreír…» Esa poesía, esos niños, esos nombres ya pasaron. A propósito de los pájaros del verso que cruzan por ahí, raudos, con su plumaje erizado por los bucles de aire caliente de julio, un intrépido trenzó una temeraria acrobacia aérea.
¡Pam! Un golpe seco en la ventana de la sala, ventana corrediza de dos cuerpos de vidrios verticales, lo recibe, tremendo tortazo; yo estaba tratando de garrapatear palabras para esta crónica, pues miren, la crónica llegó volando. Yo sabía que la colisión tenía alas, ¿acaso es un ángel? —pensé con fe cristiana—. Salí, me percaté de un ave; sí, tienen alas, no, no es un ángel, es mejor que un ángel; es un ave de Barba, un buco barbón (Malacoptila panamensis). Estaba cataléptico, tumbado sobre un trapo, palpitante; lo recogí sin resistencia. Abre el pico oscuro, plumaje sedoso y esponjoso. Me mira con su ojo rubí, ¡sangre rubí! Los ojos de Satán; los ojos del poeta. El buco, que come insectos, es un ave que hace el nido en el suelo tipo madriguera y espera por horas sin moverse a sus presas para cazarlas.
Yo creí que iba a escribir sobre búcaros y almendros, árboles que identifiqué por Medellín gracias a mi amigo Pío. ¡Cómo va a ser! Un búcaro o un almendro no me van a caer en el balcón después de leer un pasaje de «Barba Jacob El Mensajero». ¡Aaah! Entonces sí es un ángel-caído-mensajero atraído quizás por el parnaso o una lagartija, criaturas extraordinarias de cola desprendible; aquel ángel caído, luciferino, se demoró casi 40 minutos para volver en sí. Lo apretaba apenas con ternura. «Don Buco», ¿cuál es su mensaje?, seguía viéndome con su ojo rojo en un escrutinio de vida o muerte para él. Salí de la casa al monte cerca de la zona verde del barrio Cabañitas, Amagá; allí estaba una galería de guaduas, me senté, lo coloqué en mi regazo 20 minutos, oí toda clase de música natural, los árboles bailando, el aire ululaba y las aves volando. Giro el rostro; don Buco sale expedido como una saeta hacia la rama de un casco de vaca. ¿El mensaje? Me convence la siguiente hipótesis: Don Buco barbón llega a mi casa para avisarme lo incontrovertible, no sé cuándo, no sé dónde; me susurró a los ojos la parábola del retorno. Les confieso, si el ave no levantaba vuelo, hubiese sido la parábola del no retorno; un taxidérmico experimento.
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