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Por Nicolás Antonio Vásquez López
Cronista

No es un testarazo inocuo referirse a la amenaza del ruido; por el contrario, es el pronunciamiento enérgico frente a la degradación ruin de la salud pública. A pesar de ser un pueblo que muestra consabidos métodos de autodestrucción. El interés institucional por salvaguardar el bienestar común: derecho a la salud, a un ambiente limpio y una vida tranquila, profeso en la normativa constitucional de la República de Colombia, parece asordinar últimamente cualquier ápice de razón y sentido común. El fenómeno nocivo de la bulla acompasa con la enloquecida urbanización de las antes comunidades rurales; asimismo, el departamento de planeación urbana debe ingeniar una especie de juego de tetris para encajar tanto bloque, cemento y varilla en la apelmazada urbe.

Si la salud es un derecho constitucional, ¿por qué los decibeles (dB) sobrepasan los 55-65 dB sugeridos por los estudios para el bienestar de todas las formas vivas que poseen un complejo sistema auditivo y no hay campañas antiruido, restricciones factibles y educación del silencio? El ruido es axiomático; por donde se le oiga, no da tregua, no exige contemplación, arrasa toda sensualidad, pone los nervios de punta. El ruido nos convoca a un tinnitus abrumador; una sordina del alma. Se supone que la tranquilidad es la expresión suave de las almas; cautiva ver un río en la cota apacible de su curso. Entonces me pregunto, ¿por qué somos propensos a las algarabías interminables, los estruendos ensordecedores y las actividades estridentes de agasajo? Hipertensión, insomnio, estrés, ansiedad, hipoacusia, entre otras patologías degradantes, son consecuencias directas e indirectas del bullicio.

Una tarde, estando en la casa de mi amigo Adonaís, amigo del silencio para leer, me dijo un retruécano de una pasada campaña ambiental cruzada por él: “El ruido no hace bien, el bien no hace ruido”, mientras una máquina trituradora vecina granula el carbón. ¡Traque!, ¡traque!, así durante medio día. Él fue abogado; me cuenta una anécdota de un proceso abogadil donde demandaron junto a un amigo la estridencia del tañer de las campanas de un templo a las 5 de la mañana. Por supuesto, perdieron la demanda, por obra y gracia del Espíritu Santo. Al parecer, el ruido es devastador, siendo esto cierto: si la democracia es un espacio de participación igualitaria, diálogo y una clave irrestricta de justicia social, ¿por qué hay tanto malandro, saltimbanqui y farandulero haciendo campañas de ruido?

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Cuento: Caracortada

 
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