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Por Rubén Darío González Zapata 
Colaborador oriundo de Ciudad Bolívar
Corregimiento Alfonso López (San Gregorio)

Convencido como he estado acerca de que mis convicciones ideológicas, bien sea en el campo de la política, en el de la religión o en el de la convivencia humana, están sólidamente basadas en argumentos racionales debidamente corroborados por información confiable y por la observación objetiva de los hechos, no tuve inconveniente en aceptar la extraña invitación que me hiciera en un pasado reciente un amigo y viejo maestro, todo un experto en el estudio del pensamiento humano y, sobre todo, un zorro experimentado en el arte de la dialéctica. Sin embargo, el ejercicio que proponía este interesante personaje no era el de la típica dialéctica, en la que a una afirmación (tesis) se le antepone una idea contraria (antítesis) sustentada con argumentos, para llegar finalmente a una solución (síntesis) que, de hecho, implica la adquisición de un nuevo conocimiento o de una nueva visión de las cosas. Lo suyo era otra cosa. Este fue más bien una lección que me enseñó que en materia de pensamiento crítico aún es mucho lo que debo aprender, seguramente igual que muchos otros colombianos.

El ejercicio que nos propuso el maestro (éramos varios los que estábamos involucrados en lo que para mí era un intrigante experimento) consistió en que un grupo de personas dentro de las cuales había quienes nos sentíamos ubicados dentro de un determinado espectro ideológico, mientras que los otros se consideraban ubicados en la esquina contraria. El grupo de estudio fue dividido en dos equipos según dicha posición ideológica: el equipo A y el equipo B. Acto seguido, el grupo A recibió un escrito que contenía la propuesta de pensamiento del candidato del grupo B, mientras que los del grupo B recibieron igualmente un escrito con la propuesta política del candidato del grupo A. Había igualmente un tercer grupo, denominado por el maestro grupo neutro, que no asumía posición alguna frente a las vertientes ideológicas en estudio y cuya razón de ser descubrimos más adelante. En resumen, se trataba de que cada equipo debía asumir como suyas las ideas del ideólogo del equipo contrario y luego las defendiera de manera debidamente argumentada como si fueran una verdad absoluta ante el equipo contrario, para llegar luego una conclusión final. ¡Todo un desafío!  Durante el ejercicio el grupo de estudio atravesó por cuatro etapas:

Etapa 1. Ponerse en los zapatos de los otros. Empezamos por reconocer que el equipo en el que se estaba (en mi caso, el equipo A) poseía una forma de pensar propia, marcada por el entorno social en el que se ha crecido, lo que lo hace diferente frente a los del equipo B. Desde la orilla en la que nos encontramos, los otros eran esas personas que piensan diferente; personas (en nuestro concepto) equivocadas, que persisten en un engaño irracional o que nos generan rechazo, incluso odio, porque generalmente terminamos viéndolos como enemigos potenciales. Un prejuicio muy típico en cualquier persona promedio. El reto era que, como la crisálida que se despoja de su ropaje para convertirse en mariposa, ahora cada equipo se ubicaría en la orilla ideológica contraria y asumiría como suyo el pensamiento político que hasta el momento le era contrario.

Etapa 2. Los seguidores. Con el nuevo ropaje puesto, cada equipo es un incondicional seguidor de las propuestas del ideólogo en el que antes no creía, al que delinea como la respuesta a sus esperanzas; como su liberador. Es necesario ingeniárselas para alimentar el cerebro con la hipótesis de que la visión del personaje adoptado es la verdad absoluta a la que hay que defender a toda costa.

Etapa 3. Armar la exposición. Posesionados del nuevo papel con los argumentos de los que ha logrado hacer acopio, cada equipo está listo para hacer su sustentación ante el equipo contrario, con la seguridad de que posee los argumentos suficientes para demostrar que su ideólogo es una especie de dueño de la verdad irrefutable.

Etapa 4. La conclusión. Inesperadamente, la conclusión tomó un giro diferente al que imaginábamos. No se trataba de una confrontación en la que uno de los equipos terminaría imponiéndose sobre el otro, como eventualmente llegamos a pensar. Se trató de una reflexión conjunta en la que el grupo neutro jugó un papel decisivo, a través de la cual los integrantes de cada equipo expresaron lo que sintieron individualmente durante el ejercicio. Las sensaciones que tuvo cada quien, lo que descubrió detrás de la visión ideológica adoptada como propia; los aprendizajes que, en su concepto, les había aportado el ejercicio y cómo muchos de sus prejuicios habían quedado desmontados a lo largo del trabajo hecho. En ese sentido, el grupo neutro desempeñó el papel del crisol a través del cual todos crecimos con nuevos conocimientos.

El maestro, finalmente, lo resumió todo de manera diáfana: ¡los dos equipos son ganadores!  Porque hubo un aprendizaje mutuo. Porque con el ejercicio se abrió el camino para entender más a fondo a quien piensa de una forma diferente y, sobre todo, para descubrir que en la contraparte hay igualmente un ser humano, con familia, con amigos, con un universo propio. Es también una metodología que le permite a cada uno tener la honestidad de reconocer cuando está equivocado y verlo no como una derrota sino como una ganancia; que permite tener la libertad para hacer preguntas incómodas antes de asumir ciegamente como cierta una determinada afirmación; que aporta la posibilidad para enriquecerse intelectualmente con ideas construidas por sí mismo y no con las que pretenden imponer agentes externos para quienes las personas son una masa maleable susceptible de moldear a su antojo. Es el paso fundamental para empezar a tener un pensamiento crítico. ¡En realidad, una gran experiencia!

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