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En Valparaíso empieza a tomar forma una apuesta que va más allá de sembrar. Un plantuladero comunitario busca fortalecer las huertas urbanas y rurales, mejorar la seguridad alimentaria y abrir nuevas posibilidades para las familias del municipio.

El proyecto hace parte del programa Escuelas de Huertas, impulsado por la Concesión La Pintada en articulación con la Administración Municipal, dentro de una estrategia más amplia de trabajo con comunidades rurales y urbanas.

La proyección es producir hasta 15.000 plántulas al año y beneficiar directamente a 70 familias, con un impacto cercano a 140 personas en una primera etapa.

El plantuladero funciona como un invernadero para la producción de hortalizas y aromáticas. Tiene zonas de germinación, reproducción y crecimiento, con ciclos que van entre 25 y 60 días, lo que permite mantener una producción constante. Allí se cultivarán variedades como lechuga, cebolla, remolacha, espinaca, cilantro y albahaca, entre otras, organizadas por tipos y colores para facilitar los procesos productivos y de aprendizaje.

Según explica Raúl Noreña, técnico operativo de la Secretaría de Agricultura, el objetivo es facilitar el acceso a plántulas ya desarrolladas para reducir pérdidas en la siembra y mejorar la producción en las huertas familiares.

El modelo incluye un componente técnico. Se trabaja en la transformación de suelos a partir de materia orgánica, sin químicos, y con acompañamiento de entidades como el SENA y Asocolfrucol.

Además, el espacio se articula con procesos como los mercados campesinos, lo que permite proyectar la comercialización de excedentes y fortalecer la economía local.

Para quienes participan, el impacto es inmediato. Marta Colorado, creadora del emprendimiento Productos del Campo, ve en este proyecto una oportunidad para mejorar la calidad de sus cultivos y ampliar su oferta. Trabaja en la transformación de café, cacao y productos de cosecha, y ahora espera integrar producción orgánica a su proceso.

El enfoque del programa apunta a garantizar el consumo familiar y abrir la posibilidad de generar ingresos con la venta de excedentes.

Teresa Toro Morales, habitante del sector La Payanca, siempre soñó con tener una huerta. Hoy ve esa posibilidad más cerca. Su motivación es producir alimentos sin químicos, consumir lo propio y recuperar la relación con la tierra.

El proyecto también tiene un enfoque en salud y educación. Orlando Restrepo, docente y médico naturópata, destaca el valor de producir alimentos orgánicos y su impacto en la calidad de vida. Para él, el reto es promover que los jóvenes se formen, tecnifiquen la producción y encuentren oportunidades sin tener que salir del territorio.

Desde Concesión La Pintada, el proyecto hace parte de una estrategia socioambiental más amplia. Diana Gómez, coordinadora de Gestión Social, explica que el programa ha evolucionado hacia una estrategia integral que articula seguridad alimentaria, educación ambiental, economía circular y fortalecimiento del tejido social. En ese proceso surge la necesidad del plantuladero como un espacio que garantiza la producción continua de material vegetal.

Desde la Administración Municipal, el proyecto se entiende como una apuesta por el desarrollo local. El alcalde José Hernández resalta que este tipo de iniciativas fortalecen el campo, impactan la zona urbana y aportan a la calidad de vida de la comunidad.

El programa ya tiene definidos sus próximos pasos.

  • El primero, fortalecer las Escuelas de Huertas iniciadas en 2023.
  • El segundo, avanzar en la seguridad alimentaria.
  • Y el tercero, alcanzar la producción proyectada y ampliar el impacto en las familias.

El desafío ahora está en la apropiación de las comunidades y en la sostenibilidad del proceso en el tiempo.

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