Todo comienza comprando libros, libros leídos, ¿quién los leyó?, ¿quién antes que yo los desnudó hojeando sus folios? ¡Vaya usted a saber! Lo mágico es no saber antes quién los tocó, saberse único dueño, por un instante la ilusión de ser el primer confidente; ¡ah! Los libros no tienen amo, ni debe poseerlos; los libros son tímidos a los dedos engrasados; limpios, los dedos sí, el libro ya pa’ qué; cae cualesquiera deleitosamente en el trance del papel recorrido. Camino por la calle Uribe Uribe hasta la esquina de Capul en la otrora casa de Teresita, ahora colchonería San Judas, ahora también la librería de Amagá. ¡Libros a 2 mil, 3 mil, 5 mil, 10 mil, 15 mil… pesitos colombianos!
Mi fascinación por hacerme a los libros es un sinsentido, oquedad de significados por llenar; ¡librería en Amagá, mucha plata! Los libros no dan plata, ningún “machete” de negocio: ninguno… En cambio, traen la satisfacción de comunión literaria, una parroquia de lectores; el libro es erótico, no confundan con lujuria un objeto sin redondeces, retracto más bien; el libro es sensual y afectuoso, libre de las curvas grávidas de la carne, salvo que él mismo quiera evocarlas. Entré a la librería-colchonería, hojeé la estantería y llevé el libro “El remordimiento” de Fernando González, el brujo de Otraparte; un despliegue filosófico, crítico y literario de condición moral impostergable, el maestro de la desnudez; el dizque aldeano “pornográfico”.

Fernando hace un esfuerzo espiritual en búsqueda de la beatitud; en este libro decide restringir la oportunidad de acostarse con su secretaria virgen de 18 años. Él fungía de cónsul en Marsella, Francia, y su único devaneo carnal era ver teniendo sexo a su gata Salomé en el tejado; lo único que se trajo para Envigado fueron los calzoncitos de Tony que olían a madera fina y el remordimiento tropical encubado en arrepentimiento; ¡quién lo manda! Por melindroso; siendo las cosas así, maestro, yo hubiese probado la carne de ese “Je t’aime, monsieur Gonzalés”, pero qué digo, por eso el finado Gonzalés estuvo más cerca de dios: ¿Qué harían ustedes, “juventud” americana, viendo los calzoncitos de Tony sobre la chimenea? A veces, siento un ronroneo: ¡rrr!, ¡rrr! De la gata Salomé, me remueve mis antiguos remordimientos carnales; no sabía, por fortuna, que era discípulo del hermafrodita dormido; la pugna ángel vs. Lucifer, ahora sé lo cerca a Fernando y lo lejos que estoy de Dios.
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